Publicamos la entrevista que hicimos hace unos meses a nuestro querido amigo y colaborador que ya descansa en la paz de Dios.
Gracias por tu arte, gracias por todo.
Emilio Fernández-Galiano es un pintor español nacido en Madrid en 1961, aunque está estrechamente vinculado a Sigüenza.
Es conocido por su versatilidad artística, trabajando en diversos estilos que van desde el realismo contemporáneo hasta el neoimpresionismo.
Sus obras abarcan la figuración, paisajes urbanos, escenas taurinas, y retratos.
Es particularmente reconocido por sus series taurinas, las cuales han sido exhibidas en lugares emblemáticos como la Plaza de Toros de Las Ventas en Madrid, bajo el título «Por la puerta grande».
Además de sus exposiciones en España, sus obras han sido mostradas en Bélgica y Holanda.
También participa activamente en la promoción del arte y ha realizado donaciones significativas a instituciones y organismos oficiales.
Una de sus obras exhibe en la Catedral de Sigüenza.
Fernández Galiano ha contribuido con ilustraciones y artículos en diversos medios de comunicación y sigue activo en la escena artística contemporánea, destacándose por su técnica intuitiva y su capacidad para
capturar la esencia de sus sujetos.
Es miembro de la Asociación Española de Pintores y Escultores y
posee, además, la medalla conmemorativa de los Reyes Católicos.
Yendo desde Madrid, en el kilómetro 125, aproximadamente, cuando, inopinadamente, a la salida de una curva se nos presentó frente a nosotros la ciudad de Sigüenza, allí, dominando el valle, entendimos que esa villa medieval rezumaba arte por los cuatro costados.
No es de extrañar que allí tenga su estudio nuestro protagonista, el pintor Emilio Fernández-Galiano.
Hijo de un prestigioso jurista, por inercia nuestro entrevistado se resignó a estudiar Derecho licenciándose por la Universidad Complutense de Madrid y colegiándose como abogado en Zaragoza.
Pero sus inquietudes desde bien pequeño, estaban en el dibujo y la pintura.

¿Cómo pudo compaginar la obligación con la devoción?
La pregunta en sí misma es un magnífico resumen de mi evolución
como persona y profesional.
Lo cierto es que el Derecho en casa, por las influencias de mi padre,
era como un sello, un marchamo.
La mitad de mis hermanos nos licenciamos en esa carrera, pero sospecho que a mi, salvo alguna materia, me sugería más bien poco.
Otra cosa era el dibujo, por entonces, y la pintura.
Desde bien pequeño de mis lápices salían garabatos y
caricaturas de mis compañeros y profesores.
En el fondo, sabía que sería mejor artista que jurista.
Cuéntenos algo más sobre esa época.
Acudí a un colegio, el Santa María de los Rosales, con fama de elitista y alumnos de “buenas familias”. El personal lo tachaba de “pijo”.
Nada más incierto.
No niego que había apellidos ilustres, pero por entonces era uno de los centros más vanguardistas de España.
Para empezar, no era de curas, así que, había pocos anticlericales en sus aulas.
De todos es sabido que los colegios de curas generan un anticlericalismo consustancial, al igual que los de militares, fabrican pacifistas por doquier.
En el Rosales, a las asignaturas clásicas se sumaban otras de
vertiente artística y humanística.
Se le daba especial atención a la literatura, la filosofía, el teatro, la música, la pintura, la cerámica u otras actividades creativas sacudidas de toda tendencia.
Por ejemplo, todos los años se celebraba para los padres una obra teatral de un autor reconocido.
En nuestro curso fue “La zapatera prodigiosa”, de García Lorca.
Curiosamente yo interpreté al poeta en la presentación de la farsa clásica.
Estoy hablando del año 1978.
También eran recurrentes los conciertos de música o
las visitas al Museo del Prado.
Éstas, causaron en mí un impacto considerable, buceando in situ entre las sucesivas corrientes de la historia.
Las composiciones, los colores, los estilos o la personalidad de los pintores, me cautivaron.
Contemplar a escasos centímetros los retratos de Velázquez
Esopo y Menipo o Saturno devorando a su hijo, en arrebatada expresión goyesca, me permitieron imaginarme a los propios artistas en plena creación.

Analizando su obra destaca, junto a otras debilidades, su pasión por el retrato, inundando el alma del protagonista. Sus trabajos son muy reconocidos.
Supongo que el tener bastantes encargos responde a que satisface lo que busca el retratado, ser él mismo.
Dicen que soy un pintor “amable, saco lo mejor del modelo,
pero sigue siendo él mismo”.
Lo de mi devoción por el retrato puede venir por mi afición,
de cuando era pequeño, a las caricaturas.
Al fin y al cabo es la esencia del retrato, sacándole al personaje, e incluso exagerando, sus facciones con cuatro líneas y mantener su personalidad.
Llevo colaborando 35 años con diferentes medios de comunicación.
Emblemática es la portada que hice en el relanzamiento de Sal y Pimienta con una caricatura de Lola Flores.
He retratado a ilustres personalidades, incluyendo a Felipe VI varias veces, intelectuales, toreros, empresarios o políticos.
En cualquier caso, para mi, el retrato, la figuración, ha de tener una máxima: no se trata de pintar fielmente el contorno de unos ojos,
se trata de saber pintar una mirada.
Cuando lo consigo soy feliz.

Observo que también los toros son otra de sus debilidades.
Los toros y los toreros, el público, la música, los caballos, las tradiciones, todo ello implica una puesta en escena difícil de igualar.
La tauromaquia es fundamentalmente arte.
Cuando pinto una escena taurina tengo la mitad del trabajo resuelto.
Es lamentable que por causas que nada tienen que ver con esa magia artística, algunos se han empeñado en denostarla y hasta prohibirla; tiene gracia, a los que se le llenan la boca con la libertad resulta que luego les encanta prohibir.
No hay nada ideológico en mi apreciación, esto no es un problema político, hay grandes taurinos en la izquierda y en la derecha,
es un problema de percibir el arte.
Lo que sí ha influido es el nacionalismo trasnochado que pretende
identificar la Fiesta como algo español.
Eso no pasa en Francia ni en los muchos países hispanoamericanos
que adoran este mundo.
Si seguimos así nos arrebatarán el liderazgo y
perderemos nuestra condición de patronos.

Usted es miembro destacado de la Asociación Española de Pintores y Escultores. Píntenos con pincelada suelta el panorama actual.
Nuestro presidente José Gabriel Astudillo avaló mi incorporación
hace más de dos décadas.
Está haciendo una gran labor didáctica gestionando y
ordenando tamaña fuente creativa.
Siempre he dicho que España es una nación
gran productora de arte pero mala consumidora.
En mi opinión padecemos tres vacíos que nos impiden prosperar.
La siempre demandada ley de Mecenazgo, pendiente desde hace ya demasiado tiempo.
Alinearnos junto al cine, la música y otras vertientes artísticas en la ayuda por parte de la Administración.
Somos víctimas de un agravio comparativo sin matices.
Y, por último, popularizar la distribución de la pintura y la escultura entre el gran público, sacudiéndose de un elitismo mal entendido.
Padecemos tres vacíos que nos impiden prosperar.
La todavía pendiente ley de Mecenazgo, alinearnos junto al cine, la música y otras vertientes artísticas en la ayuda por parte de la Administración y popularizar la distribución de la pintura y la escultura entre el gran público.

Quiero interpretar que estamos estancados.
En parte, sí.
Soy jurado de distintos premios de pintura y observo, como dicen algunos cursis, un encorsetamiento academicista que tiene embotado al creativo, cuando creatividad y espontaneidad van de la mano.
Por un lado, los estudiantes y licenciados en Bellas Artes parecen
cortados por el mismo patrón.
Parece que todos quieren hacer los mismo.
¿Sabe que Sorolla triunfa cuando rompe con los cánones de la academia?
Apareció un Antonio López, genial y colaborador de nuestra Asociación, y ¡zas!, todos haciendo cuadros hiperrealistas.
Pues le diré que el maestro ha derivado a una versión
más impresionista de su pincelada.
Ahora todo el mundo se aferra al hiperrealismo.
Que no diré yo que es un estilo de gran mérito y mayor técnica, pero no a costa de despreciar otros de igual mérito, ya sean surrealistas, impresionistas, costumbristas o abstractos.

¿Y en cual de ellos se siente más cómodo?
A mi lo que me cautiva es interpretar, trasladar al espectador lo que yo siento, emocionarle con lo que a mi me emociona.
Me siento cómodo con la pincelada rebelde de los impresionistas, pero voy evolucionando, cómo no.
Hay artistas que permanecen estables a su estilo toda una vida.
Otros, como es mi caso, juegan con distintas versiones,
plasmar otras inquietudes.
Por ejemplo, Picasso.
Él sólo es un tratado de la evolución.
Al fin y al cabo, yo intento seducir con lo que a mi me seduce e intento abrir una ventana para que el espectador vea paisajes o escenas que nunca ha visto, que nunca ha sentido.
Y, para terminar, cuénteme su deseo.
Ser comprendido sin que tengan que pasar varios lustros.
Compartir mis desvelos y envolver al espectador de las mismas musas con las que, de forma cómplice, disfruto.
Que mi pintura sea una divertida provocación.

