Una de las novedades legislativas que introdujo el Código Penal de 1995 fue la inclusión de los delitos relativos a la manipulación genética, que engloba un ramillete diverso de conductas: la manipulación genética estricta (alteración del genotipo), la clonación de seres humanos y otros procedimientos de selección de raza, la  producción de armas biológicas o exterminadores de la especie humana, el delito de fecundación de óvulos humanos con finalidad distinta a la reproducción, y la  reproducción asistida humana sin consentimiento de la mujer. Sin embargo, surepercusión práctica penal ha sido escasa por no decir nula, y ello debido por una parte a la deficiente redacción de los tipos penales que dan lugar a muchas grietas interpretativas, situándolo en el derecho penal simbólico, dejando la puerta abierta a muchas conductas atípicas por su amplio margen discrecional  y, con remisión a la legislación administrativa para complementar y llenar dichas lagunas, lo que supone de facto dejar vacío de contenido los tipos penales.

Las leyes administrativas de investigación biomédica o la de técnicas de reproducción humana asistida han permitido determinadas prácticas eugenésicas y de clonación humana, bastando para ello un cambio de etiquetas o, si se nos permite, manipulando el lenguaje. La falta de delimitación conceptual, adornada con la absoluta falta de consenso en la materia, con las nebulosas hermenéuticas y la limitada información general, han hecho que España -junto al Reino Unido- sea uno de los países más permisivos en el mundo en el ámbito de la investigación con células madre, clonación y destrucción de embriones humanos. La interpretación normativa resulta poco taxativa por carecer de asiento sólido en parámetros legales, doctrinales o jurisprudenciales. La conclusión, no es otra que con la actual ley administrativa, a la que se remite la ley penal, el delito prácticamente no se puede cometer. De ahí la ausencia de jurisprudencia del Tribunal Supremo.

Una prueba de ello lo encontramos sin mayor dificultad con la utilización de los términos  “pre embrión” en vez de “embrión preimplantatorio” o “activación de ovocitos”, cuando en realidad se está refiriendo a la creación de embriones que es la técnica utilizada para la clonación; o incluso retorciéndose el término “fecundación”, para referirse tan solo a la unión entre óvulo y espermatozoide, dejando a salvo el resto de uniones, como los “nuclóvulos” que también darían lugar a la fecundación y posterior creación e incluso, si se le posibilita, en el nacimiento de un ser humano.

Pocos temas son tan espinosos y debatidos, levantando vehementes y apasionados debates, como todo aquel que trate del inicio de la vida humana, de su manipulación genética, de la búsqueda de la perfección posible, de las complementarias cuestiones relativas a la neo eugenesia, del estatuto del embrión y, en suma, del vivir y del morir..

 Lo cierto es que asistimos a un fenómeno nuevo y fascinante con enormes repercusiones para la sociedad en su conjunto cuyas consecuencias, de no ser detectadas, podrían tener efectos irreparables. El problema al que nos enfrentamos es que aún no están escritas las reglas del juego, ni a nivel nacional ni tampoco en la esfera supranacional, como lo demuestra el hecho que dichas materias han sido objeto de diversas regulaciones jurídicas muy diferenciadas en función del distinto grado de control que internamente se le ha concedido en cada Estado y, esta diversidad de control regulativo e incluso antagónico en algunos casos, esas diferencias en las reglas del juego que cada uno se ha dado y practica,  se traduce en la falta de consenso con la clonación humana o la ausencia de un más que necesario estatuto jurídico del embrión.

El conflicto de fondo es la dialéctica entre la protección de la dignidad de la persona versus la libertad de investigación. El concepto de dignidad engloba y presupone todo un cúmulo de derechos protegidos constitucionalmente: la vida, la intimidad, la libertad, no ser sometido a tratos inhumanos y degradantes etc. Cualquier intromisión de la esfera personal, física o biológica puede ser considerada como un atentado a esos derechos y, la definición de que se entienda por dignidad compete no solo al individuo sino a la sociedad, ya que ningún individuo o grupo puede arrogarse el monopolio de delimitar la dignidad humana y sus contornos. Por otra parte, estamos abocados a una sociedad futura fragmentada en dos grandes grupos: los mejorados y no mejorados tecnológica y genéticamente. Se aviene, pues, una nueva epifanía de desigualdad social.

Detrás de muchos supuestos avances científicos subyacen en el fondo de la cuestión meros intereses económicos o políticos, existen lobbies que tratan de avanzar en determinados aspectos en busca de un interés particular o individual, residenciado en élites, sin reparar en las consecuencias que los mismos pueden traer para el conjunto de la sociedad o, incluso para la especie humana. Entran en juego también cierta dificultad en la compresión de la materia y la ignorancia deliberada ante la que se colocan a la ciudadanía con la simplificación del problema (tecnología=avance médico).

Se trata de una cuestión de enorme relevancia social que puede atentar contra derechos fundamentales como la intimidad o, lo que puede ser más grave, pone en solfa construcciones morales, éticas o religiosas, al versar sobre la experimentación de embriones, clonaciones humanas reproductoras para la creación de bancos de tejido u órganos humanos, la selección de la especie (eugenesia positiva y negativa), la creación de híbridos o la manipulación de los genotipos. Regular tales cuestiones exigen un debate profundo que derive en conclusiones consensuadas. Esto nos aboca a la reflexión sobre el modelo de sociedad futura, compatible con los avances pero con fronteras éticas. La ciencia y la técnica deben estar al servicio del ser humano, no a las órdenes del poder económico o político. La reprogramación celular (reprogramar células adultas para que su reloj biológico vaya marcha atrás) o las células iT que son células transdiferenciadas, son indudables avances pero con resonancias éticas insoslayables.

La era digital en la que estamos inmersos y los avances científicos en progresión geométrica anudados nos está impidiendo el debido sosiego para el debate. Cuando se tipificó el delito de clonación humana (1995) era inimaginable lo rápido que avanzarían las posibilidades genéticas. Por citar algunos ejemplos, hoy es factible una manipulación sexual o asexual (partogénesis); el Diagnóstico Genético Preimplantacional (DGP), con la finalidad de seleccionar embriones que carezcan de una enfermedad o simplemente que sean genéticamente histocompatibles con otro hijo o persona, con el objeto de trasplantar posteriormente su material genético (“bebe medicamento”); la clonación humana no reproductiva o terapéutica;  la obtención de células madre para la “creación” de un órgano que pueda ser trasplantado a un ser vivo; la ectogénesis (gestación integral de un ser humano en un laboratorio), con la finalidad de que en un futuro y cuando se legalice, se pueda desarrollar el embrión  prescindiendo del útero natural; o el fomento de una medicina perfectiva donde se busque una élite genética. Otro tanto cabría decir respecto a la posibilidad de la creación de seres o vida artificiales, camino éste que ya ha empezado a desarrollarse, como por ejemplo la creación de una célula artificial o creación de órganos biónicos, como brazos, piernas u ojos.

La genética, la biotecnología y la bioinformática, expanden sus posibilidades  dejando en la cuneta de la obsolescencia los conceptos con lo que  hasta ahora se venían trabajando. No son pocas las voces que claman libertad de desarrollo en aras del progreso, formulados bajo distintos pretextos como la salud, la libertad de procreación, la solidaridad, o la libertad de investigación científica. La solución a los males de la degeneración natural del ser humano se constituye en eslogan fácil. El riesgo es que hay una máxima que reza que todo lo que se puede hacer se acaba haciendo.

Es evidente que, de no poner límites claros y barreras a las prácticas investigadoras, nos podemos encontrar con el peligro inminente de deshumanizar la humanidad. O de convertir a determinados países en paraísos genéticos o en países suministradores, exportadores o supermercados y/o bancos de órganos y tejidos o, llegado el caso, como grandes superficies de repuestos o reponedores, de seres humanos completos, es decir, de replicadores de personas, pudiéndose también hacerse a la carta y a gusto del consumidor. La búsqueda de la superinteligencia o de la superlongevidad, choca implacablemente con la ética, campo indisolublemente unido al concepto de igualdad de oportunidades.

Esther Arabaolaza Poncela
Doctora en Derecho

 

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