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La Calderona, la pasión por el teatro. Por Pilar de Arístegui

En el Siglo Oro, que inicia su prodigiosa andadura en 1492, el año admirable, y se prolonga hasta 1681 con la muerte de Calderón de la Barca,
Madrid era un hervidero de talento.

Tanto en el teatro como en la pintura, los mejores autores y pintores producían
obras maestras para la Historia.
En la poesía y el teatro, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca o
Vélez de Guevara competían en ingenio.
Entre los pintores destacaban el portentoso talento de Diego Velázquez,
Zurbarán y Murillo.
Un flamenco, Pedro Pablo Rubens, enviado como embajador de varias misiones a la Corte española, implantará su estilo de pintura vital y rico en color.
Los astilleros de Andalucía y Cantabria producían las naves con la tecnología más adelantada de la época, y los mejores geógrafos, cartógrafos y navegantes acudían a España atraídos por las exploraciones y descubrimientos.
No hay que olvidar los avanzados sistemas de ingeniería tanto urbanística como minera. 

La existencia de esta portentosa excelencia, destruye la imagen de atraso e incultura con la que se ha querido atacar a España.

Esta explosión de talento, ingenio, elegancia e imaginación se desarrolla durante el Prodigioso Siglo de Oro. Este Siglo de Oro comienza con el Annus Mirabilis, Año Admirable, de 1492 y con los Reyes Católicos.
Estos monarcas culminaban la Reconquista con la Toma de Granada el 2 enero de 1492. 

¿Hacia dónde conducirán los españoles ese caudal de energía generado por ocho siglos de lucha contra el invasor?

Hacia otra gesta portentosa: allende la Mar Océana.
El Descubrimiento de América

En ese mismo año 1492, Nebrija publica la primera Gramática castellana, que difunde nuestra lengua por todo el mundo y el que acababan de descubrir.
Ese mundo representaba el 60% del Orbe.

El descubrimiento de América y la relación con los reinos itálicos en ese siglo XVI, unido a nuestra herencia greco-romana, propició un estallido de excelencia como es el caso del soldado poeta Garcilaso de la Vega (1501-1539) que escribía versos memorables: 

Yo no nací sino para quereros,
mi alma os ha cortado a su medida.

Su sobrino Sebastián, Corregidor de Cuzco, casa con una princesa inca, y tendrán un hijo que será el primer poeta mestizo, el Inca Garcilaso  

Y entre tanto ingenio, destacaba el Teatro, donde los mejores fueran autores, intérpretes, tramoyistas, compositores o escenógrafos, volcaban todo su talento.
Hay que recordar que en España las mujeres representaban papeles de mujeres, no así en otros países como Inglaterra donde les estaba
prohibido a las mujeres pisar un escenario.
Esta libertad en la interpretación dio una generación de grandes actrices
muy respetadas como La Sultana, La Velera y La Riquelme entre otras.

Felipe IV

Felipe IV, El Rey Planeta, encargaba obras de teatro para su Salón Dorado, que acabaría siendo el Salón de Comedias, y en esas obras, el propio rey interpretaba algún personaje.
Su hermana Ana de Austria, reina de Francia y madre de Luis XIV, llevó con ella la pasión del teatro a París donde los grandes autores como Corneille, se nutrían de los temas y el estilo del teatro español. Porque tampoco se puede olvidar que un español,
Lope de Vega, será el creador del teatro moderno.

En España, la capital era un escenario: desde las Gradas de San Felipe, pasando por la Puerta del Sol y la Plaza Mayor el espectáculo estaba garantizado.
Se comentaban las nuevas obras, los caballeros paseaban con espléndidos caballos, mientras que hombres cargados de años cantaban Romances de Ciego,
acompañados por sus avispados lazarillos.

 El ingenio brotaba por doquier, el descubrimiento de las Indias traía nuevas melodías, desconocidos paisajes y mundos fastuosos que espoleaban la imaginación.

El Ujier de su Majestad, Vélez de Guevara, escribió una obra extraordinaria
La Serrana de la Vera, que fue estrenada en 1613.
Contaba la historia de una mujer ultrajada, pero fuerte y con profundo sentido de su dignidad, que decide tomar venganza.
En esa obra, el futuro portentoso dramaturgo Pedro Calderón de la Barca, interpretaba uno de los personajes.
No duró mucho dicha obra, pues no fue muy popular entre el público masculino. 

 En ese prodigioso ambiente de historia, cultura y arte, viene a la vida en Madrid en 1611, la que será reconocida actriz, La Calderona.
Era hija de Juan Calderón, conocido proveedor de ropajes para los Corrales de Comedias que proliferaban en la Villa y Corte, nada menos que doce.
Y con gran afluencia de público. 

La niña espabilada que había crecido entre las luces de las representaciones, los oropeles de sedosos vestidos, la fantasía de las historias y la exaltación de la música sabía que su vida estaría dedicada a ese arte.

Tenía planta para ello.
No era muy alta y un poco delgada para los gustos de la época, pero nada más aparecía, su presencia llenaba el escenario.
Mostraba, además, una gracia peculiar y una voz sugerente que ella utilizaba con soltura, cualidades que ya le habían hecho destacar en algunos papeles junto a su hermana y su cuñado Pedro Sarmiento.

La futura actriz había asistido, antes de eso, a una espectacular obra, Los palacios de Galiana, donde salía a escena un imponente león que causaba fascinación y terror entre el público. Y se prometió a sí misma que algún día provocaría admiración entre la gente, haciendo una entrada fastuosa en una importante comedia.

Los madrileños, acostumbrados a tanta excelencia, esperaban en 1627 las nuevas representaciones. Ese año, en el Corral de Comedias que estaba entre la calle del Príncipe y la calle de la Cruz, tuvo La Calderona su gran oportunidad.
Esa noche el ambiente era festivo y los espectadores se preparaban para disfrutar de una obra de teatro y el baile, cortesano en el Alcázar y popular en los corrales, que seguía siempre a la representación.

Tras la Loa y la Música, se apagaron los hachones y se iluminaron los velones que rodeaban el escenario.
Se hizo el silencio. Todo el temor que sentía la Calderona se evaporó y su mente reaccionó con la magia del escenario.
Cerró los ojos y comenzó a recitar los dulces versos:

Aunque me alegra oír, conde, mi señor,
cantar, más el oíros hablar.
Perdonadme interrumpir la cortesana canción,
que no porque no la entiendo,
sus dulces versos ofendo.

A medida que los aplausos arreciaban, ella se entusiasmaba, e incentivada por el calor del público, comenzó a cantar con buena voz y mayor gracia una popular canción Marizápalos, acompañada por una vihuela y un arpa. 

Guiños, sonrisas, miradas insinuantes, La Calderona triunfaba.

No se fijó en un personaje que la miraba desde los palcos que permitían a los nobles asistir a las representaciones ocultos a la curiosidad del público.
Vivía su teatro. Cuando acabó la representación, unos guardias preguntaron por ella.
Asustado don Gómez, el director de la compañia, decidió acompañar a su pupila.
Les condujeron a la casa que lindaba con el corral de comedias.
A la entrada les aguardaba un alto personaje del Alcázar, que, a su vez, indicó a don Gómez, que tenía que hablar con él y que La Calderona entraría sola, en una estancia cuya puerta entreabierta dejaba ver, un salón iluminado por velas.

Cuando entró la actriz, una figura corpulenta le recibió con amabilidad:
era el conde-duque de Olivares, valido del rey.
Otra figura se mantenía en la penumbra.
Cuando se levantó, La Calderona tuvo delante de ella a un joven de su edad,
de bellos ojos azules.
Era el Rey.

Para nada intimidada, la actriz saludó a Felipe IV con tres graciosas reverencias.
El rey, amante de la música y del teatro, había quedado fascinado por la actuación de esa mujer de 17 años, que le saludaba con naturalidad.
Ese flechazo real inició una relación que hizo concebir a La Calderona, esperanzas de encumbramiento y fama.

Una extraordinaria carrera se abrió para la actriz, y le hizo sentirse
orgullosa de su situación.
Gustaba al rey y al pueblo, actuando en el teatro que era su gran pasión.
Soñaba con recitar algún día los versos del Fénix de los Ingenios, el gran Lope. 

Lope de Vega

Los madrileños, y por contagio toda España, se estremecía con los versos de amor de Lope en “Esto es Amor”:

Creer que un cielo en un infierno cabe
Dar la vida y el alma a un desengaño
Esto es Amor, quien lo probó lo sabe.

El padre de la actriz, con más experiencia de la vida, le recordó con sensatez, los peligros de soñar con las estrellas, pues todavía se contaba en los mentideros de la Villa, la historia del conde de Villamediana.
Galante, ingenioso y valiente, pero también atrevido en exceso, cortejaba a la reina Isabel de Borbón. Se había presentado en una corrida de toros cubierto de reales de plata cosidos a su ropa.
Y una divisa que decía: Son mis amores reales.

Lo hallaron asesinado en un callejón oscuro. 

Pero, a pesar de los dramas, el ambiente artístico continuaba su carrera ascendente.
La primera ópera, Euridice, se había estrenado en Italia en 1600, pero muy pronto llegó a España y en Madrid se estrenó La Selva sin Amor, en el Salón del Alcázar ese mismo año de 1627.
Esta primera ópera, con música del italiano Piccinini y versos de Lope de Vega, fue un auténtico acontecimiento. La Calderona soñaba con ser la prima donna. 

Ese sueño no se cumplió, pero la actriz sí consiguió actuar en El Alcázar.
Durante la actuación, La Calderona se acercó un poco más de lo que recomendaba el protocolo, al sillón del monarca y siguió recitando, pero con versos llenos de intención.
El rey parecía hechizado.
El éxito estaba asegurado. 

En pleno fervor de las artes, en 1628, llegó a la corte, el embajador de Inglaterra, el flamenco Pedro Pablo Rubens, que ya había visitado España en otras ocasiones.
Felipe IV, buen conocedor del arte, encargó al flamenco
varias obras que nutrirían las colecciones reales.
Este embajador-pintor se incorporó a la vida de la corte y asistió a numerosas representaciones en el Alcázar, donde admiró el donaire y poderío de La Calderona.
Era elogiada y halagada.

Su padre y don Gómez quisieron que volviera a la razón, y no se adentrara más en una relación no carente de peligro. Ella pensaba que tenía al rey entusiasmado, y era verdad, porque para Felipe IV, la actriz aunaba las artes que le entusiasmaban:
la música y el teatro.

Pero, inexperta aún, La Calderona no había valorado en toda su extensión los celos y el poder de la reina Isabel de Borbón.
Una tarde de festejos en la Plaza Mayor, la reina ordenó que
echaran a la actriz de mala manera y delante de la corte.
Fue una humillación y un aviso a Marizápalos.    

Isabel de Borbón

Don Gómez por su experiencia de los años y por su conocimiento del mundo del teatro, le advertía que tuviera cuidado, que se guardara de la mala fe.
Ella no escuchaba, quería gozar de todo aquello que estaba viviendo.
Fantaseaba con ser propietaria de su propia compañía de comedias, como habían alcanzado algunas actrices de renombre y años de escena. 

Un día, pasó lo que era probable que pasara,
La Calderona estaba embarazada y el padre era el rey.

En abril de 1629, La Calderona daba a luz a un varón que fue bautizado en la
iglesia de san Justo, y dieron el nombre de Juan José.

Felipe IV estaba entusiasmado con ese hijo al que inmediatamente adornó con las cualidades de su antepasado don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto.
La más grande ocasión que vieron los siglos
, según Cervantes,
que perdió en esa batalla el uso de una mano.

Juan José de Austria

E inmediatamente, ese niño fue entregado a un leal servidor del rey, para que cuidara de su educación, que, en efecto, fue esmerada. 

La madre, al quitarle a su hijo, se entregó a una profunda desesperación.
Fue para ella una cruel sorpresa.
No valieron de nada los consuelos del padre, que,
recordando la sabiduría de Cervantes le repetía:

Encomiéndate a Dios de todo corazón,
que muchas veces suele llover sus misericordias
en el tiempo en que están más secas las esperanzas.

En el mes de octubre la reina daba a luz un varón, don Baltasar Carlos,
que reunía todas las esperanzas de los reinos.

Aconsejado por su valido, el conde-duque de Olivares,
el rey mandó una orden a La Calderona, para que partiera de inmediato,
acompañada de la consiguiente guardia, hacía el convento de Valfermoso.
Llegó a ser abadesa de ese monasterio y allí recibió con alegría las noticias de la buena educación recibida por su hijo, y la legitimación de ese hijo por parte de Felipe IV.

La antigua actriz buscó amparo en el perdón que ofrece la religión católica,
y como abadesa fue una eficiente gobernante del monasterio
que protegió y ayudó a las gentes del pueblo de Valfermoso. 

Murió Sor María de San Gabriel, en el mundo La Calderona, en 1646.
Pero no llegó a conocer los triunfos militares de su hijo,
durante la rebelión de Massianello en Nápoles.
Ni ver a don Juan José nombrado Virrey de Flandes en 1656. 

Bibliografia:

-Coronado, David, La Calderona, LÉIXAM ed. Valencia 2016
-Deleito y Piñuela, José, El Rey se divierte, Alianza editorial, Madrid 2019.
-Fazio, Mariano, El Siglo de Oro Español, Ediciones Rialp, Madrid 2017.

Por Pilar de Arístegui
de Escritores con la Historia

       

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