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María la bailaora: Soldado en Lepanto. Por Pilar de Arístegui

Un joven soldado destaca por su valor y arrojo en la batalla de Lepanto, saltando a la nave Sultana, capitana de la Armada otomana liderada por Alí Pashá, con una espada en la mano y arcabuz en la otra.
Después de la victoria, todos supieron lo que solo algunos sabían:
el joven soldado era una mujer.

En la fastuosa Sevilla del siglo XVI, florecían las artes, el comercio, la cartografía, la música y una estimulante energía se percibía en toda la ciudad.
A su puerto llegaban las preciosas mercancías de Oriente, que portaba desde Indias el famoso Galeón de Manila.
Gracias a Urdaneta y su profunda observación de vientos y mareas, descubrieron en el Tornaviaje la corriente del Kiro- Shiwo.
Los navegantes españoles habían podido unir Oriente con las Indias, y de ahí a España.
Esta próspera ruta comercial se desarrolló con éxito durante 250 años, recorriendo en cada viaje 25.000 kilómetros. 

En buena hora el mundo se había abierto hacía occidente con el Descubrimiento de América a cargo de España, porque, a pesar de que al inicio del siglo los turcos llamaban El Mar Español al Mediterráneo, a mediados del siglo XVI la situación se había deteriorado sensiblemente para la Cristiandad. 

En esa primera mitad del siglo XVI el Mediterráneo estaba amenazado
por el poderío turco.
Con la llegada al Sultanato de Solimán en 1520, Turquía se despierta a
un expansionismo agresivo.
Los turcos y sus vasallos berberiscos asolaban las costas de ese mar otrora dedicado al comercio; se multiplicaron los ataques a sus puertos; los secuestros de personajes prominentes para pedir cuantiosos rescates; el rapto de las mujeres para el harén de los poderosos, o la esclavitud para muchos buenos soldados que acabarían en los mercados de esclavos de Oriente o de África. Sólo las mujeres más principales, como Cecilia Veniero acabaría como Sultana al casarse con Selim II, y tendría una vida desahogada y segura al convertirse en la madre del sultán Murad III.

“Solimán El Magnífico”. Círculo de Tiziano. Kunsthistorisches Museum Wien.

Europa aún se estremecía con el recuerdo del cerco a Viena por los otomanos liderados por Solimán el Magnífico en 1529. Francisco I rey de Francia, estaba empeñado en el comienzo de lo que serían unas sangrientas guerras de religión.
Además, tras la batalla de Pavía dónde fue hecho prisionero por Charles de Lanoy, en su cautiverio en la Torre de los Lujanes de Madrid, el rey galo había escrito una carta secreta a la Sublime Puerta, por la que se comprometía a atacar al Imperio por el oeste de Europa, y debilitar las considerables fuerzas imperiales que iban a
socorrer al centro de Europa. 

Y el afán de poder otomano continuaba años después. Selim II, tras la conquista de Chipre en 1560, exclamaba convencido:
«He derrotado a esos infieles que no me rendían pleitesía.
Iremos a Venecia y de ahí a Roma».

En Sevilla, la ciudad continuaba floreciendo en las artes, la música sonaba por toda la ciudad con alegres acordes, que originaban grandes figuras de baile.
Entre ellas, destacaba una mujer morena de ojos negros de mirada profunda y un cuerpo esbelto que se movía con gracia en un remolino de volantes y brazos con energía singular poco común.
Esta granadina, conocida como María la Bailaora, tenía amores con un apuesto soldado llamado Rodrigo que servía en los Tercios de Lope de Figueroa.
Poco a poco se había enamorado de este hombre recio, que todas las noches, sin faltar una, acudía al tablao a verla bailar.
Su determinación, su criterio seguro, representaban para María el
escudo ante todos los peligros.
Rodrigo le había anunciado que era posible que él fuera llamado a filas para
combatir en el Mediterráneo.
Desde ese momento, María sentía una angustia infinita ante la idea de separase de su amado soldado.
¿Marchar? ¡Qué locura! 

Pero en efecto, Rodrigo se lo confirmó; tendría que partir en unas semanas a Barcelona,
para incorporarse al Tercio de Lope de Figueroa, que se uniría a la Armada de
don Juan de Austria.
En las noches perfumadas del azahar que envolvía toda Sevilla, Rodrigo le había contado de las mujeres cristianas raptadas por los otomanos o por sus sirvientes, los berberiscos,
en las costas mediterráneas.
Estas infelices eran destinadas a los mercados de Oriente.
Las más bellas y principales conseguirían un alto estatus, pero la mayoría sufrirían cautiverio y esclavitud.
Le hervía la sangre a la Bailaora al pensar en esas mujeres arrancadas de sus afectos, de su familia y parientes, para complacer los deseos carnales de hombres que en poco apreciaban al sexo femenino.
A veces pensaba en dejar Rodrigo a su destino, en quedarse ella en
esa tierra bendita, en su tierra.
¡Andalucia es tan bella!
-Pensaba ya con nostalgia-
¡Ocurren tantas cosas y todas interesantes!

Se decía queriendo convencerse.
Recordaba la belleza de Sevilla, sus majestuosas iglesias; los artistas que pintaban las escenas más emocionantes; los aromas de Sevilla; los barcos cargados de mercancías sorprendentes, piedras preciosas de Siam, sedosos mantones de Manila de delicados colores que espejeaban con el sol….

Granada

Y Granada, su ciudad, con su encanto misterioso, y la familia que allí siempre le esperaba. ¡Y la música que suena por doquier y el baile que me da la vida!

Concluyó y se dijo: Me quedo.

Pero al día siguiente al despertar, sintió una punzada en el corazón al imaginar la vida sin él. Rodrigo era su amor, nunca había sentido algo ni tan siquiera parecido.

¿Y si me fuera con él? ¿Y si le siguiera al confín del Mediterráneo,
allí donde los turcos roban a las mujeres?
-Se preguntó-. Se debatía entre las dos opciones sabiendo que
una de ellas cambiaría su vida.
Un pensamiento le alcanzó como un fogonazo: No puedo dejar a Rodrigo.
Sea cual sea su destino, será el mío.

Su hermana y sus amigas le repetían:
Piénsalo bien María, que vas a tomar una decisión muy peligrosa.
Rodrigo va a combatir y tú, ¿Qué harás?
No lo pensó un instante: Combatir a su lado.

Se encaminaron hacia Barcelona en una jornada de verano triste y nublada,
rara en Sevilla.
No quiso ver una señal de mal presagio.
El amor lo inundaba todo.
Cuando llegaron a Barcelona, la imponente visión del puerto impresionó
a María y a Rodrigo.
Los barcos de la Armada con sus diferentes gallardetes flameaban con la brisa de la mañana y en la Galera Real el mascarón de proa hundía sus pies de madera en la mar; las diferentes dotaciones-vascos, gallegos castellanos y muchos otros venidos de las Españas- se afanaban en las cubiertas troncando los cañones, apilando los bastimentos, mientras los maestres daban órdenes precisas para ordenar ese mundo de guerra.
Los mástiles, arrullados por el viento y acompañados por pífanos y tambores interpretaban una música heroica, que infundía ánimo a las tropas.
Muchas de esas galeras habían sido construidas en las Reales Atarazanas de la Ciudad Condal, como la Galera Real de don Juan de Austria, que se distinguía entre todas por sus colores rojo y oro, los colores del Imperio.

Alonso Sánchez Coello “Don Juan de Austria armado” (1567)

El Capitán General de la Armada, don Juan de Austria observaba la actividad portuaria, pensando en las fuerzas del Papado, Venecia, Génova y la Orden de Malta que se le unirían en el puerto siciliano de Messina.
La Santa Liga había sido un éxito diplomático y estratégico de envergadura.
En efecto, esta coalición, había logrado reunir con la bendición del Papa Pio V, a la Monarquía Hispana, el Imperio; el Papado; la República de Venecia; Génova, Saboya y la Orden de Malta.
Los mejores Jefes de Armas de toda Europa se unieron para acabar con la creciente amenaza del poderío turco.
España se comprometía a proporcionar la mitad de los soldados y el dinero necesarios para tan grandiosa empresa.
Había sido convocada por por Pío V, un hombre espiritual que impresionaba por su rostro enjuto, adornado de una luenga y blanca barba que le daba aspecto de profeta, una nariz aguileña y unos ojos oscuros y penetrantes.
Pero su expresión denotaba bondad y era muy respetado por su conducta austera y su profunda fe. 

Felipe II se había resistido al inicio, pues el rey de España no deseaba alejarse de su zona de influencia que era muy extensa. La administración de Indias, su compleja y bien engrasada maquinaria, ocupaba gran parte de sus pensamientos y sus asuntos de Flandes de sus preocupaciones.

Felipe II había colocado al mando de la flota a su hermanastro don Juan de Austria que ya había probado su valor en otras contiendas. Le acompañarían en la empresa destacados hombres de armas como don Álvaro de Bazán y don Luis de Requesens, encargado por el Rey de tutelar a don Juan en ocasión determinante para
el futuro de Europa.
Presente también, Lope de Figueroa que contaba entre sus huestes,
a un joven con un secreto. 

El campeón del Papado era nada menos que Marco Antonio Colonna, antigua familia romana, que, tras estar al servicio de los intereses del rey de Francia, su abuelo, Fabrizio se había puesto al servicio del Emperador en 1498.
Don Fabrizio no se había equivocado, pues ese mismo año, el embajador de España ante la Santa Sede, Garcilaso de la Vega, afirmaba el prestigio del Imperio dirigiéndose al Papa en español, cuando hasta entonces se hacía en latín. La República de Venecia, también se había unido a la Liga y ostentaba el mando veneciano Sebastiano Venier que había sido un hábil abogado, sin completar los estudios, y más adelante, administrador del gobierno de la República.
Posteriormente fue nombrado Almirante, Capitano Generale da Mar, tras el triunfo compartido en la batalla de Lepanto, sería elegido por unanimidad
Dux de Venecia en 1577.
En el combate, Venier estaría eficazmente apoyado por el valiente general veneciano Agustín Barbarigo. Participaban también Saboya con Juan de Cardona, Génova con su capitán de ilustre familia de marinos Juan Andrea Doria y la Orden de Malta con Pierre del Monte.
Valerosos y experimentados eran los capitanes, además, Pio V, pontífice piadoso y respetado por su austeridad, había pedido a todas las naciones de la Liga Santa que rezaran el Rosario todos los días, para obtener el favor del cielo en tan importante batalla para la Cristiandad.
Y el mismo Papa dio ejemplo.

Si la visión del puerto de Barcelona había impresionado a María, la reunión de las poderosas armadas de la Liga Santa en Messina, en agosto de 1571, conmovió a la Bailaora.
Tantas y tan importantes naciones se reunían para defender a Europa del Turco. 

En las noches previas a la batalla, los hombres se reunían bien protegidos de la humedad reinante y recordaban los secuestros padecidos por familiares y amigos. 

¡Dios nos libre de ese mal! –Exclamó el joven soldado a quien llamaban Martín, que hacía sus primeras armas y que había venido acompañado por un veterano, Rodrigo, que le protegía en todo momento, cuidando de su juventud y bisoñez.

María, en el silencio de la noche del 6 de octubre sentía angustia, pero no por sí misma.
Por él, por lo que pudiera pasarle al rayar el alba. Rodrigo la encontró meditabunda, mirando fijamente la mar, tan serena, tan en calma.

-Parece mentira, que esta belleza pueda ser el escenario de tantas muertes.-Dijo ella apesadumbrada, a lo que él respondió:

-Sé que va a ser una batalla feroz. ¡María no te arriesgues!

– Yo sabré guardarme y mucho he rezado para que Dios te acompañe.
¡Júrame que no te expondrás!

-Eso es difícil de jurar pues, por mis combates anteriores, sé que, a veces, para conservar la vida, hay que arriesgar.

Yo no sé lo que voy a encontrar, pero haré todo lo que esté en mi mano,
para volver a ti sana y salva.

-Y yo a ti- Respondió Rodrigo con determinación.

La Flota puso rumbo al golfo de Patrás, junto a Lepanto donde iba a tener lugar la batalla.
Amaneció el 7 de octubre, sin viento, pero poco a poco la brisa marina
hinchó las velas cristianas.
María se encomendó a la Virgen Santísima, ordenó su mente
y se preparó al combate. 

En la madrugada, don Juan de Austria puso en marcha con su acerado sentido de la estrategia, el pensado, organizado y sopesado orden de batalla: el Capitán General, don Juan, en el centro; en el ala derecha, Génova con Doria al mando; las galeazas venecianas bien artilladas se colocaron frente a las líneas cristianas, para parar el embate turco, y la Reserva, capitaneada por Álvaro de Bazán, y como vicealmirante Luis de Requesens, estaba preparada para reaccionar de inmediato al ataque otomano, donde fuera necesario auxiliar a los cristianos. 

Batalla de Lepanto

El marqués de Santa Cruz y su lugarteniente Miguel de Moncada, a bordo de la galera La Marquesa, tenían a sus órdenes un marinero que escribiría sobre la batalla de Lepanto: 

La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes y esperan los venideros. 

Las fuerzas estaban bastante igualadas, noventa mil hombres y a las nueve de la mañana, las fuerzas de ambos combatientes se estudiaban con inquietud.

Por su parte, la armada otomana, envalentonada por su reciente triunfo en Chipre contaba con numerosos jóvenes soldados de la Sublime Puerta y los temidos jenízaros, y el talento indiscutible, y probado en otras contiendas, del Almirante Alí Pashá, que intentaría atacar a la armada cristiana en mar abierto y, en un movimiento envolvente, acabar con ella. 

Las naves turcas eran superiores en número a las cristianas, pero su armamento era más anticuado y estaban peor artilladas.
El factor humano también tuvo su importancia: los otomanos eran muchachos jóvenes muy motivados, pero inexpertos.
Sin embargo, los cristianos habían sido seleccionados entre los Tercios Viejos españoles e italianos y contaban, además, con los disciplinados mercenarios alemanes y suizos que habían ganado experiencia en decisivas batallas.
Además, el Capitán General español había prometido la libertad a
treinta y cuatro mil galeotes.

Sin embargo, muchos de los galeotes de las naves otomanas eran cautivos cristianos, que vieron esa libertad en la victoria de los suyos.
Los turcos empleaban flechas envenenadas, pero la Liga contaba con los arcabuceros españoles y las galeazas venecianas bien artilladas con potentes cañones que diezmaron las dotaciones turcas desde el inicio de la batalla. 

“Combate naval” Juan de la Corte

La nave almiranta otomana, La Sultana, se distinguía entre todas por sus flameantes gallardetes de seda verde.
María avistó la nave que se aproximaba ligera, veloz. Empuñó la espada y preparó su arcabuz, cargándolo con cuidado.
La Sultana embestía la borda de su nave, María alcanzaba a ver los rostros de los otomanos deformados por la ira y pensó:
No me cogerán viva

Con una última oración y su pensamiento en Rodrigo, se lanzó al abordaje con la espada en una mano y el arcabuz en la otra.
Los gritos producían espanto, el humo cegaba y el
choque de las armas era ensordecedor.
La intervención de Pierre del Monte, liderando la Orden de Malta, fue decisiva pues sus galeras estuvieron en la vanguardia conteniendo los primeros ataques otomanos y generando severas bajas entre sus huestes.
El general veneciano Agustín Barbarigo, murió luchando en Lepanto de dos flechas envenenadas que le traspasaron la cabeza.

El cronista de la batalla, Cabrera de Córdoba escribía tras la batalla: Gritos de los turcos, fuego, humo, lamentos de los heridos.
Espantosa era la confusión, el terror, la esperanza, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos.

Ali Pashá había cometido varios errores, zarpó tarde, y su estrategia fue reunir sus fuerzas en el núcleo de la formación.
Así fue como la Flota turca fue exterminada y, a raíz de esa victoria, el Papa Pio V, que sería canonizado en 1712, instituyó ese 7 de octubre como la Fiesta del Santo Rosario. 

Un cronista reveló que un joven soldado se destacó por su valor y arrojo en la batalla de Lepanto, saltando a la nave Sultana, capitana de la Armada otomana
liderada por Alí Pashá.
Marco Antonio Colonna, capitán de las fuerzas papales, al lado de María, mató al Almirante turco de un arcabuzazo.

Jaúregui “Cervantes”

Cegada por el humo de la pólvora, María alcanzó a vislumbrar un bergantín ligero que se desplazaba con celeridad para llevar a los heridos.
Creyó morir al entrever el rostro blanco y desmadejado de Rodrigo.
Pero siguió luchando, por si no fuera él, por si llegara a sobrevivir.
Para volver a él y juntos retornar a Sevilla. Después de la victoria, todos supieron lo que solo algunos sabían: el joven soldado era una mujer. 

Don Juan de Austria, que conocía como Lope de Figueroa, el secreto del soldado Martín-María, la enroló como soldado y premió el valor de María con una paga permanente.
Y Sevilla aguardaba a María y Rodrigo.

Por Pilar de Arístegui de Escritores con la Historia

Bibliografía:
Crowley Richard, Empires of the Sea, Faber & Faber, Reino Unido 2008
alamy.com, fundaciónmuseonaval.org, historia-hispanica.rah.es

 

 

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