Como pequeño homenaje, traemos a portada un artículo que escribió para LUNAySOL la que fue una de las mejores periodistas de nuestra època. Paloma: hoy estarás con Juan Pablo II con quien tantas anécdotas compartiste.

Existen mil y una Italias, pero Nápoles no puede compararse con ningún otro lugar en el mundo.

El napolitano ocupa asiento de primera fila en el espectáculo de la vida, son muchos los extranjeros que, de ese lugar bañado por el mar, dominado por el volcán dormido del Vesubio y besado por la historia, conocen apenas las canciones como O sole mio, Santa Lucia o Funiculi Funiculá. O la pizza que inventó un cocinero del barrio de los Españoles, en el corazón de la ciudad echando mano de cuatro modestos ingredientes, masa de pan, tomate, mozzarella y anchoas. La bautizaron como era lógico, Pizza napolitana, y claro está, los mejores y más buscados pizzaiolos son de esta región.

Desearía con este artículo rendir un homenaje a Nápoles y a sus habitantes que a lo largo de siglos y a pesar de guerras, catástrofes, invasiones; a pesar de carestías y pobreza, nunca perdieron la sonrisa y la alegría de vivir… han superado siempre las pruebas más duras y dramáticas, siendo capaces de dar lecciones de arreglárselas y encontrar soluciones para sobrevivir.

Bastan algunos pocos ejemplos…

El precursor del móvil, lo que los italianos llaman telefonino, en realidad fue invento de un grupo de chicos de uno de los barrios pobres, a las afueras de Ercolano… Ante el perenne caos del tráfico que aflige a Nápoles (es tan complicado y peligroso conducir por la ciudad que el seguro de un coche matriculado aquí es más caro que en cualquier otra ciudad italiana) pensaron que podrían organizar un servicio de ayuda a la desesperación de los atascos. En moto recorrían la fila interminable de automóviles parados proponiendo dar recados o avisos. Costaba mil liras, entonces unas 80 pesetas… El conductor a punto de infarto daba al chico un número de teléfono para que advirtieran dónde se encontraba embotellado o para informar de que no le esperasen a la hora prevista.. Después de recoger los avisos, cumplían el servicio desde un teléfono público: “no esperen al abogado Rossi hasta dentro de una hora, está prisionero de tráfico en vía del Plebiscito”… “Vayan comiendo que la señora Giuseppina no podrá llegar al restaurante a la hora prevista”… En fin, en Nápoles había nacido el “móvil humano”…

En los años de la minifalda, detrás de la Plaza de San Pedro en Roma, fueron cuatro napolitanos los que acudieron en ayuda de las turistas seguidoras de la línea lanzada por Mary Quant. En el Vaticano no aceptaron la moda de la mini, y para evitar que entraran en la Basílica de San Pedro con vertiginosos escotes o faldas que enseñaban medio muslo, dispusieron en la puerta de entrada vigilantes severísimos, tan estrictos que prohibieron el acceso al templo a la propia princesa Paola de Bélgica y a la actriz Claudia Cardinale porque sus faldas no respetaban los cánones de sólo dos centímetros por encima de la rodilla. Los guardianes eran insobornables e inflexibles y visitar la Basílica Vaticana empezó a ser un imposible… Hasta que dos hermanos con otros dos socios se instalaron con un camioncillo detrás de los arcos de Bernini… pegaron en los cristales carteles en los que anunciaban “San Pedro bien vale mil liras” “De la mini a la maxi por sólo mil liras” “Cúbrase barato”… Ofrecían trozos de tela con imperdibles incluidos, jerseys, chales, viejas gabardinas… que se devolvían una vez admirada la Basílica… Los gendarmes vaticanos no podían negar la entrada aunque nunca como en aquellos años vieron turistas tan fachosamente ataviados. Le llaman el arte de arrangiarse y los napolitanos son maestros indiscutibles y universales, pero es también el pueblo más generoso y amigo del mundo; los dramas, las penas, las dificultades se comparten y un napolitano no abandona en la desgracia a un compadre.

El “café pagado” es un ejemplo maravilloso. Recuerdo una mañana en la que, en compañía de unos colegas, nos adentramos por el barrio de Forcella. Entramos en uno de los muchísimos bares que salpican las calles de la ciudad. Nápoles huele a café, ese aroma intenso, perfumado se desprende por doquier. El café se hace como en ninguna parte, no en balde la cafetera con la que mejor sale se llama napolitana, y un napolitano podrá no tener nada que comer pero no puede faltarle una tazzurella di cafe. Estábamos tomándonos un capuccino cuando en el bar entró un hombre mal vestido que se acercó a la cajera y le preguntó si había un café pagado. Le dijo que sí y le advirtió al camarero que le sirviera un “café pagado”. Media hora más tarde, fue otro cliente el que se dirigió a la cajera para decirle que quería un café y dos pagados…

No entendía nada y me picó la curiosidad. ¿Qué significaba todo aquel “pagado”?… El camarero me lo explicó y con pocas palabras me ofreció una hermosa muestra de auténtica solidaridad. El primero que había llegado no tenía dinero para tomar un Espresso, ¡¡¡no tenía ni para café!!! Pero alguien al igual que el otro que había venido más tarde, lo había dejado pagado…No sabía para quién pero eso no importaba… Eran los que llamaban “cafés pagados”.

En Nápoles, en el modesto barrio de Forcella, aprendí una lección de amor, de hermandad, de altruismo que jamás he podido olvidar…. Y cuántas veces, ante un mundo de egoísmo, que no sabe lo que significa la palabra compartir, pienso que la humanidad sería infinitamente mejor y más feliz si hubiera un “café pagado”.

Por Paloma Gómez-Borrero.  

Periodista corresponsal en Italia y

Vaticano de Radiocadena COPE y de TV AzFeea.

Descanse en paz

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