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Mujeres del alma mía, Isabel Allende

Isabel Allende consigue la empatía inmediata del lector, que se enfrasca en la lectura de los capítulos de este libro de memorias como si estuviera ante la columna de opinón en prensa de uno de sus escritores favoritos. Ya desde las primeras páginas no queda el menor resquicio a la duda. Allende expone sus opiniones sobre el machismo, la sexualidad, la justicia, el feminismo, el patriarcado, las relaciones de pareja o la violencia doméstica, entre otros muchos temas.

Sus pensamientos dibujan círculos que abarcan, tanto a las mujeres de su entorno familiar, como Paula su hija, Pachita su madre o a su nuera Lori, como a otras mujeres de su ámbito público o profesional, como su agente literaria Carmen Balcells o la también escritora Virgina Woolf, quien dijo que el feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas.

Otro de los temas de Mujeres del alma mía es la filantropía. La escritora reflexiona sobre el poder terapeútico que tuvo para ella escribir la memoria Paula, “que me permitó entender y finalmente aceptar la muerte de mi hija”. Según nos informa, con los ingresos aportados por este libro decidió crear una fundación  que dirige su nuera Lori, cuya misión es invertir en el poder de mujeres y niñas de alto riesgo, protegiéndolas contra la violencia y la explotación.

Por supuesto en un libro sobre mujeres, Allende no podría dejar de exponer sus ideas acerca del cuerpo. Cualquier mujer tiene derecho a tener control sobre su fertilidad, a decidir sobre el número de hijos que puede o quiere tener, opina la escritora de bestsellers. Según ella, la desvalorización de la mujer trajo como consecuencia que los hombres se arrogaran el dominio de su cuerpo. 

Tal vez el encanto de estas memorias radique en que alterna cifras y estadísticas como las de la Organización Mundial de la Salud (“doscientos millones de mujeres han sido víctimas de mutilación genital y tres millones de niñas corren el riesgo de sufrirla ahora mismo en partes de África, Asia y entre inmigrantes en Europa y Estados Unidos”), con vivencias personales, de la cuales siempre se ha llevado algún tipo de aprendizaje para el futuro. En este sentido, con humor nos cuenta que ha decidido seguir activa para siempre y no jubilarse, no quiere convertirse en una anciana pasiva, ni vivir con miedo. 

Es un libro de lectura hipnótica. Quieres seguir escuchando la voz de esta escritora ambiciosa y luchadora, pero según te acercas al final te da pena que se extinga. 

 

Mis documentos, Alejandro Zambra

Bajo un título ingenioso que alude a la noción de archivo, se agrupan estos once relatos autobiográficos reflejo de la generación Millennials, los llamados nativos digitales nacidos en la era tecnológica, a la que pertenece este escritor chileno. 

Sirviéndose de una prosa accesible a cualquier lector, pero entreverada de una ironía muy sutil, nos describe sus vivencias personales durante el Plebiscito nacional de Chile de 1988, el referéndum durante la dictadura militar para decidir si Pinochet seguiría en el poder o no. Venció el no y se convocaron elecciones democráticas que condujeron a la transición a la democracia. También alude Zambra a la enorme alegría que diez años mas tarde, en 1998, le causó la orden de detención dictada en contra de Pinochet por el juez Baltasar Garzón desde España.

En alguno de los relatos, el escritor chileno bromea con el tema de no escribir sobre su familia. Pero lo cierto es que por las páginas de Mis documentos desfila su padre, informático aficionado a fabricar con sus manos volantines (en Chile cometas) y cuya pasión por el fútbol será inoculada a su hijo. También tiene cabida el amigo de su padre que fue detenido y consiguió huir a Europa, escapando así de las garras de la dictadura. Un personaje familiar entrañable es el de la abuela, cantante de ópera frustrada que conservó siempre sus aspiraciones artísticas y a quien la madre de Zambra le escribe en el ordenador sus cuentos y poesías. Y con mucho humor el escritor chileno nos presenta a su progenitora, fan de Simon & Garfunkel que empezó a estudiar inglés justamente para entender los textos de las canciones de sus ídolos. Su adoración por Paul Simon la llevó a decorar el dormitorio conyugal con un póster del cantante.

Otros relatos versan sobre el papel de la amistad en la adolescencia, el coste de las mentiras en la vida de sus personajes y quienes les rodean, el desamor y los desencuentros entre humanos. También tiene cabida la religión católica. En el caso de Zambra, confiesa que, a pesar de haber sido educado en un colegio religioso en Santiago, hubo un momento en el que la abandonó. A partir de la adolescencia su Dios fue la literatura. 

En general, resulta muy agradable seguir el hilo de sus pensamientos; inteligentes y directos parecen no pretender otra cosa más que decirnos: este soy yo, este es el mundo de donde vengo y donde me he formado. Once relatos honestos, imprescindibles para conocer mejor a la generación de jóvenes tecnológicos, optimistas y digitales. La primera generación después de la generación del silencio.

 

Autorretrato sin mí, Fernando Aramburu

Autorretrato sin mí es el libro más personal del autor de Patria, el cual se desnuda en escuetas narracciones acerca de la familia, los orígenes sociales y el pasado, sobre todo en las cartas íntimas dedicadas a su padre, obrero en una fábrica, y a una de sus hijas. Gustará especialmente a aquellos lectores que compartan con él la experiencia de la emigración (“mi vida y mi ventana dan al norte”, nos dice); aquellos que conozcan el cielo de Centroeuropa sonreirán para sí al leer descripciones como “se le ha puesto la tapa al día”. 

En fin, breves capítulos a leer lentamente, para saborearlos mejor. De estilo sobrio, claro y preciso, a menudo se decanta por vocablos desusados (aciago pensamiento, arduo lance o cifra postrera). Tal vez a algunos su prosa les resulte algo anticuada. 

Por lo mismo se trata de libro excelente para agrandar el vocabulario y refrescar el sinfín de figuras retóricas que Aramburu, quien empezó en la literatura escribiendo poesía, tan bien maneja. Baste como ejemplo la paradoja del título o la cosificación del capítulo centrado en San Sebastián, en el que usa la segunda persona para entablar un diálogo con su ciudad natal.

Además, en este libro de memorias el autor donostiarra comparte con los lectores reflexiones en torno a su trabajo diario de escritor. Nos habla de los juegos que se impone a sí mismo para divertirse escribiendo, como el de redactar un párrafo con una ennumeración o evitando palabras que contengan la letra f. También confiesa abiertamente su desinterés por las pompas y vanidades mundanas e incluso llega a describir con detalle algo tan simpole como el tomar una manzana cada mañana.

En el fondo, el placer que proporciona el sano ejercicio de jugar con las palabras, rindiendo homenaje a Cervantes, Góngora y Lorca, convierten a Autorretrato sin mí en altamente recomendable. ¡Y por qué no con una copa de vino al lado y un diccionario! Justo así es como el autor de Patria nos cuenta que encara la lectura de los clásicos en otras lenguas; suponemos que entre ellas la alemana.

 

Por Yolanda Prieto.
Periodista, escritora y gestora cultural, 
autora del libro de relatos Ahora sí
sobre la familia y los choques interculturales.

Yolanda Prieto Pardo, Autorin

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