Era mayo y estaba de Erasmus en Viena y un poco por casualidad,
mi prima Inés, que ya tenía todo planeado desde Noviembre,
me dijo que me fuera con ella de voluntaria a las casas de la
Madre Teresa de Calcuta.

Y así hice, el 20 de Julio llegamos a Calcuta Inés, Gon y yo.
Por mucho que fuésemos preparados desde Madrid, las primeras impresiones fueron durísimas.
Calcuta es una ciudad muy pobre, caótica y sucia. Hay gente, coches y basura por todas partes. Para la mayoría la calle es su casa.
Ese primer día no sabíamos bien porque habíamos ido, pero aun así teníamos ganas de descubrirlo.


Calcuta no es como otros voluntariados en los que sabes exactamente que vas a hacer cuando llegues allí. Miles de voluntarios llegan cada semana desde todo el mundo y tras un fácil registro son asignados a una de las muchas casas que tienen las Sisters.
Nosotros decidimos que fuese Sister Mercy Mery (responsable de los voluntarios) quien eligiese por nosotros la casa que necesitaba más ayuda. Nos tocó Nirmal Hidray (más conocida como Kalighat y la primera casa fundada por la Madre Teresa) por las mañanas.
Es una casa para enfermos y moribundos pobres.
La mayoría de los que están en esta casa son personas mayores que las Sisters y voluntarios se han encontrado en las calles de Calcuta muy enfermos o con enfermedades terminales.
Aquí tratan de darles un sitio donde mejorar, donde sentirse queridos y acompañados en sus peores momentos, y un refugio que no sea la calle.


Recuerdo que mi primer día en esta casa no lo pase especialmente bien,
era mi segundo día en Calcuta.
Al llegar a Kalighat cantamos una oración con las Sisters y después fuimos al comedor y vi a todas las señoras sentadas. Ellas pequeñas, débiles, algunas mirando a la nada y otras sonrientes y saludando.
No sabía cómo reaccionar, estaba un poco en shock y me bloqueé.
No sabía qué hacer, y decidí ayudar en las tareas de limpieza y orden.
A las 12 acaba el voluntariado de por la mañana.

De vuelta en el autobús, otra voluntaria que llevaba ya unas cuentas semanas me pregunto que qué tal, le conté que me había quedado un poco bloqueada y ella me dijo:
“Es muy intuitivo, no vienes a hacer grandes cambios, sino a aportar tu granito de arena y ayudarlas en lo que necesiten…darles la mano, hablar aunque no os entendáis, pintarle las uñas o ir al baño, cualquier cosa
pero que se sientan queridas…
Piensa que ellas antes no tenían nada y con un poco ya sienten mucho”.
Algo que recuerda mucho a la frase de la madre Teresa
“No podemos hacer grandes cosas,
pero si cosas pequeñas con un gran amor”
.


Mi segundo día, ya fue mucho mejor,
llegué con otra actitud, intenté pasar más tiempo con las señoras (ahora mis viejitas) y cada día que pasaba me sentía más cómoda.
Ellas me empezaban a reconocer, y nos comunicábamos como podíamos y con  tan poco como darles la mano ellas te respondían con una gran sonrisa.


A partir de la segunda semana, empecé a ir a otra casa por las tardes, hasta entonces no había habido disponibilidad por el gran número de voluntarios que van a Calculta en verano.
Llegado este punto me parecía llevar muchísimo tiempo en Calcuta.
Me había acostumbrado a su caos y me sentía muy a gusto.
Por eso mi primer día en el voluntariado por la tarde se me hizo mucho más fácil.
Me asignaron Sishu Bavan, una casa de niños huérfanos,
niños con padres sin recursos y de niños discapacitados.
Yo estaba con niños de entre 2 y 3 años.
La mayor parte de la tarde estábamos jugando, parecía que nunca se les acababa la energía.
Siempre sonriendo, felices y siendo súper buenos entre ellos.
Cuando se juntaban en el patio con los más mayores, se podía ver cómo los protegían, como si fueran hermanos.
Recuerdo un día que empezó a llover muchísimo y todos los niños en vez de correr dentro, empezaron a gritar, dar saltos, reír y abrazarse.
Me demostró una vez más, que al no tener nada valoran mucho más todo y disfrutan mucho más las cosas


La verdad es que no sabía que esperar de Calcuta,
pero me he llevado mucho más de lo que creía. Ahora entiendo que la llamen
La Ciudad de la Alegría.
No solo he visto otra realidad, sino que también he aprendido a apreciar y agradecer mucho más lo que tenemos. Además, el ambiente entre voluntarios era estupendo, y agradezco haberles conocido a todos y haber podido compartir esta experiencia con ellos.


Es impresionante como en poco más de 20 días pasamos de no entender porque estábamos allí, a coger muchísimo cariño a todos y estar despidiéndonos con tristeza de dejar a los que habíamos conocido atrás. Ahora mirándolo desde Madrid, se que no les he dejado y que llevo un pedacito de Calcuta conmigo todos
los días.

Por Lucía García-Nieto González-Valerio
Coordina: María González Valerio y de Alós