¿Qué secreto esconde el éxito actual de la Novela Histórica?

Es una pregunta que me han hecho una y mil veces a lo largo de los diez años que llevo escribiendo. Es curioso, pero creo que nadie que se dedique a estos menesteres sabe contestar a ciencia cierta y con precisión.

Siempre será más enigmático y seductor vender la idea de que cada escritor tiene su librillo y que éste es privativo. Lo que es indudable es que un secreto hecho público deja de serlo y por lo tanto pierde ese interés por lo desconocido que tanto intriga a los lectores.

Dejando a un lado la demagogia sobre el tema, creo que el único triunfo del que se puede vanagloriar el escritor está en escribir lo que a uno le sale de dentro, dando rienda suelta a la creatividad y cerniéndose, en el caso de la novela histórica o biográfica, a los datos hallados en los vastos archivos y bibliotecas que poseemos en todo el territorio nacional, ya sean públicos o privados. Si además se consigue la aceptación de la crítica literaria y de los lectores mejor que mejor.

Es cierto que en muchas novelas se entremezcla  la realidad con algún elemento de ficción que sirve de comodín a su creador para que la trama quede bien trazada y sea novedosa. Estos elementos pueden ser personajes sumamente perfilados, lugares, que si bien pudieron existir, se materializan en el pensamiento de quien los recrea o simplemente un objeto de deseo alrededor del cual se crea un clímax especial, despertando el interés del lector. Todo ello vale y es precisamente lo que diferencia este género de un ensayo puramente subjetivo e histórico que nunca debiera suponer o interpretar.

La escenografía ha de ser veraz y los personajes tangibles, tanto que el autor ha de vestirse con la piel del protagonista, transformarse en ella o en él, reaccionar acorde a los tiempos que vive olvidando el actual y relacionarse con sus contemporáneos como si pudiese acariciarlos en el caso de ansiar hacerlo.

Hay que permanecer en ese trance hasta que se cierra el ordenador y se regresa de este viaje literario a nuestra propia realidad. Lo digo porque, como anécdota, aún recuerdo, hará seis años, cómo una mañana de junio en la feria del libro de Madrid se acercó a la caseta en la que me encontraba dedicando mi obra una señora mayor con aire despistado. La buena señora esperó pacientemente y sin quitarme el ojo de encima a que me quedase sola. Cuando sucedió me hizo un gesto para que me inclinase hacia ella y me susurró con aire de solemnidad: “Igual que usted fue La princesa de Eboli en su otra vida, yo fui Juana de Arco”. Ante su pleno convencimiento yo sólo pude sonreír y tenderle mi mano. ¡Aquella mujer tendría que haberse sentado a escribir de inmediato para dar rienda suelta a su imaginación!

Regresando a los medios que utilizo a la hora de escribir, creo que aparte de la documentación histórica, hay que poner especial cuidado en no cometer anacronismos. Hay un sinfín de detalles que han de ser cotejados como si el escritor fuese un asesor de imagen en la grabación de una película. Al describir hay que sentir la presión de un corpiño o gola demasiado estrecha, degustar la caza en escabeche, tiritar de frío en un palacio, olfatear el entorno, ahumar nuestros pulmones hasta toser o sentir ardiendo nuestras mejillas frente a un hogar.

La rica lengua castellana también ha evolucionado y, si además de narrar se escribe en primera persona, hay que poner un especial cuidado en no utilizar palabras, que en aquel momento, eran inexistentes. Por ejemplo, en el medioevo el útero era entraña y el cerebro seso.

Se me ocurren un millón de datos que podría escribir pero lo cierto es que todos acuden a mi mente cuando consigo fundirme con lo que escribo y disfrutar con ello. En ese preciso momento mis dedos vuelan sobre el teclado del ordenador a una velocidad exorbitante y asombrosa. Supongo que es lo que algunos llaman musa. Yo prefiero pensar que es la gratificación que nos da la vida ante una dedicación plena y mucho esfuerzo.

Creo que el éxito está en conseguir que el lector pase las páginas del libro sin apenas darse cuenta, empatizando su sentir con el del protagonista del mismo modo y manera que el escritor lo hizo al reflejarlo. Viajará a los lugares que se describen, conocerá a sus personajes y terminará la novela con la tristeza de un retorno demasiado prematuro a la realidad. Si  a eso le añadimos que aprendió disfrutando y sin esfuerzo algo que antes ignoraba sobre un personaje o una época relevante de nuestra historia, todo será nada.

Por Almudena de Arteaga, marquesa de Cea.

Abogado y escritora de exitosas novelas.

Premio Nacional de Novela Histórica Alfonso X El Sabio.

 

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