Entrar en el mundo pictórico actual de Paloma Johansson de Terry es por lo menos vivir una aventura que desconcierta y deslumbra a la vez.

Como en el Romanticismo del XIX, la artista ha evolucionado de la naturaleza muerta de controlados dibujos y precisos trazos, donde el color y el alma se fundían, a un proceso que privilegia el desarrollo y la madurez personal, es decir, la subjetividad que exalta los sentimientos y la personalidad individual. Su creatividad se apoya en la valentía que transforma la realidad en bellos paisajes.

Los sentimientos son plasmados con gestos seguros, trazos apasionados, pinceladas enérgicas en primeros planos de soberbios dibujos, que contrastan con un fondo desenfocado que nos remite a una lejanía en espacio y tiempo.

“Quien expone se expone”, solía decirme Leslie Lee, artista, maestro y amigo, quién fuera director de la Escuela Nacional de Bellas Artes en Perú. Y Paloma, la artista, se expone, se atreve. Y lo hace nada menos que con 21 cuadros de mediano y grande formatos. Predominan en ellos los blancos puros y los azules acompañados de grises y pardos. Se aprecia en todos sus cuadros el vuelo de dos aves: la vida es movimiento (Eros). En contrapartida, lo hierático: un puente, una roca, árboles. La inmovilidad, el congelamiento de la imagen. Si no se cambia, se muere (Tanatos). Eros y Tanatos se confrontan. Se funden.

Se miden. En la obra de Paloma, Eros vence a Tanatos. Como en toda contienda de vida y muerte las consecuencias son cicatrices tatuadas en el alma.

Unas recuerdan el precio: dolor. Otras saben a premio: libertad, que causa en el espectador la búsqueda y hallazgo de la luz, de paz y de serenidad en su pintura.

Paloma Johansson se atreve. Paloma se despoja y expone.

La artista es libre.

Cecilia Noriega-Bozovich
Artista