Hace poco pude asistir al testimonio de dos personas impresionantes,
las cuales nos explicaban cómo era su día a día conviviendo
con una enfermedad incurable, ELA
(esclerosis lateral amiotrófica).
Su aceptación de la enfermedad y discapacidad no les impedía ser un faro de esperanza y de vitalidad.

Sí, vitalidad a pesar de ser una enfermedad incurable.
Ella enferma, él dedicado exclusivamente a su cuidado y al de
su familia (tres hijos).
Y descubrí  que a todos ellos les movía un motor común: el amor.
No el amor de película o de un buen rato compartido.
El amor que era capaz de revolucionar sus vidas y pasar por encima de cualquier dificultad con tal de hacer feliz al otro. 

Esto me hizo pensar mucho.
Llevo años trabajando con enfermos terminales,
en una unidad de cuidados paliativos y en residencias de ancianos.
Tengo contacto con la muerte y el sufrimiento a diario.
Gracias a Dios no me he acostumbrado a ello,
y eso hace que pueda reflexionar a menudo sobre esta realidad.

Por otro lado veo a la sociedad cada vez más evitativa con la muerte,
la enfermedad incurable, la incapacidad para acoger al desigual por sus capacidades,  quizás porque les recuerda que hay cosas que no están en su mano resolver (como un cáncer a los 48 años o un hijo con un tumor cerebral).
Y me encuentro ante esas dos imágenes:
mi queridos Alex y Águeda, y la sociedad que se plantea la eutanasia
como remedio al sufrimiento de lo incurable.  

Creo que esto ocurre cuando no comprendemos
que el ser humano no vale por lo que tiene o por lo que hace en su vida
(tiene dinero, casas, coches,  aptitudes físicas o destrezas,
hace deporte de élite…)
sino que vale sencillamente por lo que ES.
El ser humano es eso, ser humano, y justamente eso le hace ser digno de todo lo demás: de los derechos humanos más fundamentales.

Si pusiéramos la razón de la dignidad en el tener o en el hacer
estaríamos cometiendo un gravísimo error,
porque entonces una persona en silla de ruedas tendría menos dignidad
que otra que hace triatlón,
o una persona  gerente de una gran empresa, tendría más dignidad
que otra que lleva un pequeño negocio…
volveríamos a la desigualdad que ha hecho a los hombres
más inhumanos a lo largo de la historia.

Pero resulta que volvemos a plantearnos esto con el tema de la eutanasia,
y hacemos pensar a nuestros enfermos
que perdiendo facultades pierden dignidad.

Justo cuando el ser humano está en su momento más vulnerable,
ante la enfermedad y la muerte,
en vez de encontrar una mano de esperanza, ayuda y acompañamiento
cuando se enfrentan  a solas con su dolor,
se encuentran una sociedad que les invita a pensar que
efectivamente no valen nada,
que son como un cacharro viejo.

Pienso que nuestra sociedad está muy enferma si
nuestros enfermos se sienten así.
Volvemos a cometer los errores de antaño,
cuando el valor o dignidad provenía de la fuerza física,
de tus descendientes, de tu etnia o de tu color de piel. 

Al final de la vida, la persona enferma se enfrenta a pérdida de autonomía,
a miedos, al dolor físico y sufrimiento existencial.
Pero también es un momento crucial para recapacitar sobre lo vivido,
para pedir perdón, dar gracias, y  preparar tu encuentro con Dios
si eres creyente, o plantearte si Dios existe y te espera.

Muchas cosas ocurren al final de la vida. 

Por otro lado nadie quiere sufrir.
El sufrimiento al final de la vida no sólo es físico
(este dolor casi siempre se puede controlar aceptablemente bien
con los fármacos),
sino emocional y existencial.

Hay varios estudios que demuestran que la depresión y
otros trastornos psicológicos, frecuentemente no tratados,
se asocian con el interés por la eutanasia.
El problema es que muchos pacientes en fase terminal
sufren algún trastorno de este tipo, como la depresión reactiva,
pero lo más triste es que en los países donde está legalizada la eutanasia
casi nadie ofrece a estos pacientes la posibilidad de ser atendidos por psiquiatras o psicólogos que puedan ayudarles y tratarles.
De manera que los pacientes se van sintiendo cada vez más
una carga para sus familiares y para la sociedad.
Esto les mete en un callejón sin salida,
donde el único remedio es solicitar ser matados o suicidarse. 

No puedo entender que a estas personas especialmente vulnerables
los dejemos tan solos, en el momento más trascendental de su vida.

Una sociedad que sólo da la alternativa de acabar con la persona
que tiene el problema, y no con el problema de la persona que sufre,
es una sociedad mediocre, deshumanizada  e hipócrita consigo misma. 

Un enfermo terminal, un discapacitado, un anciano con demencia,
son personas valiosas para nuestra sociedad.
Nos ayudan a ser mejores,
nos recuerdan que el ser humano vale por lo que es,
no por lo que aporta materialmente.
Son personas que sacan lo mejor de nosotros cuando
decidimos cuidarlos con la dignidad que tienen y se merecen.

Esto hacemos en cuidados paliativos.

No se opta por matar a la persona que tiene el  problema,
sino por paliar y tratar el problema del paciente.

Es más laborioso que la eutanasia,
pero el médico seguirá siendo el confidente, el cuidador,
el acompañante incondicional de su paciente, no su verdugo.

Los cuidados paliativos salen al encuentro de ese momento crucial y trascendental del hombre que es el final de su vida.

Como decía San Juan Pablo II
“ayudar a una persona a morir es ayudarla a vivir intensamente
la última experiencia de su vida”.
Eso intentamos hacer los sanitarios que trabajamos en cuidados paliativos.
No somos dueños de la vida ni de la muerte.
Sólo pretendemos acompañar y tratar de la mejor manera al paciente
al final del camino y a la familia que sufre con él. 

La eutanasia no es un acto médico.

Los médicos no estudiamos la forma de quitar la vida a nuestros pacientes, sino la forma de curar, de aliviar y de cuidar de la mejor manera posible, salvaguardando la dignidad de la persona en todos los momentos, y preservándola de cualquier mal, sobre todo cuando más vulnerable es y no puede defenderse a sí misma.
Los pacientes ponen su vida en nuestras manos, no podemos vulnerar la confianza de nuestros pacientes. 

Tenemos en nuestras manos el tesoro más grande:
nuestra propia vida.
Personalmente espero que cuando me llegue la enfermedad o la discapacidad tenga a mi lado personas que me quieran y me recuerden quien soy a los ojos de Dios y de los demás, y me ayuden a recorrer el final de mi vida sabiéndome respetada, cuidada, protegida  y amada.

Así lo deseo para todos.

Por Mercedes Barrio Gordillo.
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
Máster en Cuidados paliativos,
Máster en Cuidados paliativos pediátricos,
Máster en Bioética.

¡Compártelo en tus redes sociales!