“Espero que tengamos la sabiduría para tomar decisiones correctas”,
esta reflexión es el mayor anhelo de Luis Guillermo Solís, presidente electo
de Costa Rica, con una mayoría histórica.

Un humilde profesor de la Universidad Pública que, escaso de recursos materiales declara poseer un solo carro, un reloj y cuatro trajes, y apenas respaldado por el Partido de Acción Ciudadana creado durante el propio proceso electoral, invoca a la sabiduría desde su fe católica como la fuente principal a la que confiar su acción de gobierno. Abrumado por la inexperiencia y el legado de su padre, el Rey David, Salomón imploró a Yahvé un corazón prudente para discernir entre lo bueno y lo malo y poder así gobernar al Pueblo de Israel (Reyes I, 2-3).

La historia de la Humanidad, la de las civilizaciones en suma, está trufada de apelaciones a Dios para que inunde los campos agostados de la razón con el agua viva de la esperanza.

El transcurso de los siglos, las conquistas estelares de los Derechos Humanos, de la Democracia y de la Libertad, los imparables avances tecnológicos y científicos, parecen morir a diario en la orilla del escepticismo y la desazón ciudadana frente a sus gobernantes.

Cuenta Pierre Hadot en La ciudadela interior que el emperador Marco Aurelio hizo de la sabiduría el blasón más preciado de su reinado. Siguiendo las enseñanzas de Séneca, para quién la sabiduría es un gozo continuo que sólo pueden poseer el fuerte, el justo y el templado, Marco Aurelio plasma este anhelo en sus Meditaciones (VI, 7) : “Tu único gozo, tu único reposo, pasar de una acción realizada al servicio de la comunidad a otra acción realizada al servicio de la comunidad, acompañada del recuerdo de Dios”.

Y, André Maurois, en su célebre obra La Historia de Francia, reseñaba la nostalgia de las masas que, aterradas ante el advenimiento del Primer Milenio, evocaban una edad de oro en la que el emperador Carlo Magno había impuesto la paz: “Bajo un pino, cerca de un agavanzo, se levantó un trono de oro puro, allí está sentado el rey que sostiene a la dulce Francia. Su barba es blanca y todo él florido. Es sabio y prudente”.

¿Acaso no vinculamos a nuestro rey Alfonso X con el apelativo inseparable de El Sabio, para engrandecer un legado que, entre otras contribuciones, preservó acrisolado el Principio de la Tolerancia entre religiones en la ciudad de Toledo?.

¿Qué remueve la conciencia de los estadistas con una verdadera vocación de servicio público para confiar en la sabiduría, para pedir su donación, como fiel a la balanza de su gestión?.

Si repasamos las vidas de este elenco de emperadores y reyes, si contemplamos la trayectoria del final de sus mandatos, podría parecer que la sabiduría que tanto anhelaron tan sólo fue una capa de mármol que recubrió el barro del que todos, también ellos, estamos hechos. Quizás movidos por un afán de superación inmediata, una especie de transustanciación del hombre que aspira a lo divino para asumir en la Tierra la responsabilidad suprema del Gobierno y de la Justicia.

Pero ello encaja mal en el tiempo presente. La leyenda de los reyes taumaturgos y la soberanía nacional son como el agua y el aceite. Cuando un presidente electo de un país democrático en el siglo XXI alberga la certeza de que sólo la sabiduría podrá ayudarle para establecer la transparencia en un sistema opaco, para desterrar la corrupción de las decisiones de los poderes públicos, para nutrir la credibilidad al discurso político y socavar los cimientos de la criminalidad institucionalizada, es porque existe un hálito de eternidad en la búsqueda de la perfección.

Frente a quiénes todo lo fían a la empatía y a la razón humana como fundamentos exclusivos del progreso social, la Historia, y aún más el presente son parcos en argumentos que lo corroboren.

Salvo el caso de Bután, donde su rey proclama hasta la saciedad que sus súbditos disfrutan del mayor “índice de felicidad humana”, nunca la distancia entre gobernantes y gobernados había sido tan manifiesta en el mundo. Ni los recelos y las suspicacias habían señoreado la relación entre unos y otros.

Especialmente en los denominados países occidentales, donde la degeneración de los fundamentos de la conciencia cívica democrática ha espoleado la soberbia y la autocomplacencia de la mayoría de sus dirigentes y de eso que ahora identificamos peyorativamente como la casta política.

Así reza el comienzo del Libro de la Sabiduría: “Amad la justicia los que gobernáis la tierra; (…) porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría; (…) y el poder, puesto a prueba, reprende a los necios; (…) porque la sabiduría es un espíritu amador del hombre”.

Por Carlos J. Moreiro González.
Catedrático en Derecho Internacional Público de la Unión Europea y
director del Máster en Derecho de la Unión Europea de la Universidad Carlos III.
Miembro de distintos Consejos y foros.

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