Lo que importa es cuanto amor ponemos en el trabajo que realizamos

Ha pasado ya un tiempo desde mi vuelta de República Dominicana. Ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, me ha hecho madurar, recapacitar y darme cuenta de lo importante que es ayudar a aquellas personas que realmente lo necesitan. Aprender que la felicidad no depende de lo que posees, sino que está en uno mismo. Esas sonrisas de las personas con las que conviví, que inundan sus rostros permanentemente, nos enseñan a valorar lo realmente importante, la alegría de vivir y disfrutar del momento presente.

¿Estudiante de agrónomos, voluntaria de Arquitectos Sin Fronteras? Puede ser que de primeras nada encaje, como tampoco me encajaba a mí allá por el mes de mayo. Todo empezó hablando con mi hermana, estudiante de arquitectura, de los posibles planes veraniegos que se presentaban y me comentó que tenía en mente participar en un proyecto de cooperación con la ONG Arquitectos Sin Fronteras al otro lado del Atlántico. Me pareció que una estudiante de agrónomos poco podía aportar a ese proyecto. Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que todas las manos son útiles cuando se trata de ayudar a los más necesitados. Después de una larga etapa de exámenes, decidí unirme al proyecto. Iba a tener lugar en Azua entre el 24 de julio y el 11 de agosto. Azua es una provincia paupérrima enclavada en la República Dominicana. Me apetecía muchísimo la experiencia de un voluntariado de cooperación, el país donde se iba a desarrollar el proyecto, conocer su cultura, su gente, su modo de vida y sobre todo aportar mi granito de arena a una buena causa. A todo esto se unía la ventaja de poder comunicarme sin ningún problema con los lugareños y compartir la experiencia con un grupo de amigos.

A grandes rasgos, el objetivo del taller, era conseguir que una comunidad existente fuera oficial y estuviera legalmente establecida. Dicha población estaba viviendo en un terreno con asentamiento ilegal y carecían de todas las infraestructuras necesarias en cualquier población. La labor de ASF fue concienciarles para conseguir que la comunidad tuviera acometidas de luz, saneamientos, agua potable disponible y calles urbanizadas. Además, fue imprescindible inculcar la importancia que tiene permanecer unidos para conseguir los objetivos, por ello, los coordinadores decidieron construir un centro donde los vecinos pudieran reunirse para crear comunidad entre las familias.

Salimos rumbo al aeropuerto de Punta Cana el día 20 de julio. Contábamos con tres días para conseguir llegar a Azua, por lo que fuimos haciendo las pertinentes paradas a lo largo del camino para aclimatarnos y conocer el sur de la isla. Fueron días muy divertidos rodeados de gente dominicana y entornos con una naturaleza tropical que no nos dejó indiferentes, pero a la vez días un poco intranquilos pensando qué nos esperaría en nuestro punto de destino. Tras un viaje de tres horas en una guagua abarrotada de gente, llegamos a la parroquia donde nos íbamos a alojar y conocimos al resto de voluntarios y coordinadores.

A la mañana siguiente y cumpliendo el horario establecido, salimos hacia el centro que teníamos que rehabilitar, embadurnados de protección solar y anti mosquitos, en el barrio de Puerto Rico, Azua. Me bastaron los quince minutos de camino para darme cuenta de la pobreza y la ínfima calidad de vida de la gente de esa barriada. Luz eléctrica durante sólo seis horas al día, niños que se paseaban desnudos y descalzos entre la suciedad del terreno. Casas en condiciones infrahumanas, de chapa y aproximadamente 25 metros cuadrados donde vivían hasta ocho personas sin agua corriente. Me impresionó, pese a ello, la simpatía con la que nos saludaban gritando “americanos, americanos”, la tranquilidad que transmitían y sobre todo la felicidad que derrochaban viviendo en las condiciones en las que vivian. Y es que, tal y como dijo el Papa Francisco I Dios le da las batallas más difíciles a sus mejores soldados”.

Se organizaron varios grupos de trabajo, por los que los voluntarios tuvimos que ir rotando. Personalmente, me encantó poder repartir la comida a los niños, que nos donaba un comedor social involucrado por completo con ASF. Venían corriendo hacia nosotros con un cuenco y un tenedor y formando una fila un poco caótica les intentábamos repartir lo mejor posible las raciones de arroz con habichuelas. También nos encargábamos de desbrozar un terreno contiguo al centro con el fin de construir un área infantil, fabricar los ladrillos para la construcción y explicar a los vecinos la futura utilidad del centro y cómo se podían implicar de forma activa.

Para ello contábamos con el apoyo incondicional de gente local como Dayanis, una trabajadora social de 28 años muy implicada en sacar adelante el barrio de Puerto Rico. Todas nuestras inquietudes las solucionaba diciéndonos “tu tranquila y yo nerviosa“. Desde aquí agradecerle los buenos ratos que nos ha hecho pasar y todo lo que hemos aprendido junto a ella.

Poco a poco y sin darnos apenas cuenta fueron pasando las semanas, intercalando los días de voluntariado con excursiones organizadas los fines de semana, para visitar otros proyectos realizados por Arquitectos sin Fronteras y conocer las playas dominicanas. Antes de volver a España, tuvimos la oportunidad de descansar unos días en el norte de la isla, en la península de Samaná. Disfrutamos de aquel lugar paradisiaco, bastante turístico, que contrastaba enormemente con la pobreza de Azua.

Desgraciadamente, al poco tiempo de volver, la naturaleza atacó a la isla con un fuerte huracán. Se me encogió el corazón al pensar en todas esas familias dominicanas que pudieron verse afectadas. Me gustaría desde aquí animar a todos los jóvenes a que dediquen parte de su tiempo a colaborar en labores de voluntariado y así poder descubrir lo que yo he hallado: “hay quienes dan con alegría, y esa alegría es su premio”.

 

Por Belen Taboada Rodríguez
Coordina María González-Valerio y de Alós

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